¿Hay algún problema con los programas de incentivos para la conservación? Los programas de incentivos, aquellos que implican pagos por servicios a los ecosistemas e inducen a las personas a adoptar conductas de conservación que no adoptarían de no haber incentivos. Normalmente, el motivador clave es el dinero. Esta idea es intuitiva, atractiva y fácil de implementar siempre que una organización tenga una fuente de financiación sostenible. Por lo tanto, la primera perspectiva es que no hay ningún problema con los programas de incentivos—son herramientas muy eficientes y efectivas para conseguir resultados para la conservación.

El diseño de programas centrados en el ser humana empieza con la filosofía de que los pagos son casi siempre necesarios pero raramente suficientes para fomentar la iniciativa de mayordomía del medioambiente.

No, no hay ningún problema. Si las organizaciones han convenido en simplemente pagar a las personas por los servicios que sus tierras proporcionan de la misma forma en la que pagamos por el aparcamiento en ciudades grandes, entonces los programas de incentivos funcionan bien tal como están. Yo te pago a ti, tú me ayudas a proteger la biodiversidad o la cualidad del agua, y yo te pago otra vez cuando quiera que continúes o quiera más esfuerzo por tu parte. Todo lo que un programa de conservación necesita en este caso es determinar el precio justo a pagar por el servicio. Este enfoque asume que el precio es suficiente motivador de cambio de conducta.

Sí, algo va mal. Nosotros argumentamos en un artículo reciente que un énfasis en el precio como motivador es una simplificación excesiva del tipo de conducta que la comunidad de la conservación está intentando crear o sostener. Un futuro más sostenible implica crear una *ética de mayordomía* en las personas, y aquí es donde los programas de incentivos pueden fallar. Las conductas de mayordomía están conducidas inherentemente por la motivación interna de cada uno por "hacer lo correcto", pero los pagos pueden cambiar nuestra motivación cuando adoptamos una conducta desde una motivación moral o social a cuando los hacemos "por el dinero" (motivación externa).

La conducta de las personas cambia dependiendo del contexto del intercambio (moral vs. monetario). Los economistas de la conducta James James Heyman y Dan Ariely han explorado las diferencias entre lo que llaman mercados sociales y mercados monetarios, y argumentan que cuando se ofrecen pagos en un intercambio que es típicamente moral, las personas se acogen a marcos y normas de intercambios de mercado. Esto significa que, el "hacer lo correcto" se convierte en una transacción de "hacerlo por dinero". Así, encontraron que el nivel de esfuerzo percibido por el individuo era mayor en escenarios en los que no se ofrecía ningún pago en comparación a un escenario en el que se ofrecía un pequeño pago. También encontraron que en intercambios morales o sociales que incluían dinero, la gente se comportaba de forma similar a como lo harían en intercambios de mercado.

Heyman and Ariely, junto con un amplio espectro de investigación realizado por Bruno Frey, Edward Deci, y Richard Ryan mostraron que en general las personas que están externamente motivados por el dinero y gratificaciones se involucran en una conducta determinada menos frecuentemente por ellos mismos que las personas que con una motivación interna. Estos indicios indican que si se quiere construir una ética propia, la utilización de pagos podría ser una herramienta peligrosa.

Toda esta investigación en conjunto sugiere que pagar a personas para que se involucren en conservación no les convierte automáticamente en mayordomos del medioambiente. Más bien, les convierte en buenos proveederos. Éstos probablemente consideran la provisión de servicios del ecosistema no como su forma de contribuir a la salud de un ecosistema, sino como un intercambio de mercado, donde el suministro del servicio es proporcional al dinero que reciben.

Pagar a las personas para generar la conducta de mayordomía medioambiental. ¿Hay alguna forma de utilizar los incentivos económicos para generar la ética de mayordomía del medioambiente teniendo en cuenta que la conservación de la biodiversidad no es un objetivo destacable para la mayoría de los trabajadores propietarios del terreno y la escasez de dinero es el mayor obstáculo para ayudar?

El diseño de programas centrados en el ser humana empieza con la filosofía de que los pagos son casi siempre necesarios pero raramente suficientes para fomentar la iniciativa de mayordomía del medioambiente.

La clave del éxito está en el diseño concreto de los programas. Los programas demasiado enfocados en motivar la participación a través del pago olvidan los factores básico no monetarios que pueden socavar la ética de administrador del medioambiente del individuo. Estos factores básicos incluyen el sentimiento de elección, competencia y conexión. Cuando los individuos tienen la libertad de elegir, es menos probable que se sientan manipulados o que su libertad ha sido reducida. Respuestas de aprendizaje y logro personales y asociadas con el crecimiento del individuo son también integrales para la internalización de la conducta. Este crecimiento puede ser facilitado por las conexiones que las personas tienen con la organización del programa o con otros participantes del programa. Un enfoque en quitar una barrera financiera para generar conductas de conservación durante la fase de diseño del programa además de ayudar a que el individuo acepte su propia identidad como cuidador del medioambiente puede generar una ética de cuidado del medioambiente y un involucro más sostenible en el programa o conducta identificada.

Diseñar programas para atraer las necesidad del individuo de compensación económica y sus identidades como administradores del medioambiente requiere un cambio en el énfasis que vaya desde pagos a procesos. El diseño de programas centrados en el ser humano empieza con la filosofía de que los pagos son frecuentemente necesarios pero raramente suficientes para generar el cuidado del medioambiente. El diseño de programas centrados en el ser humana empieza con la filosofía de que los pagos son casi siempre necesarios pero raramente suficientes para fomentar la iniciativa de mayordomía. El surgimiento de conductas de mayordomía se intensifica poniendo las necesidades de los participantes en el centro del programa a través de la investigación en profundidad de los participantes potenciales. Una vez que las necesidades individuales se conocen bien, se utilizan procesos de participación para crear la estructura del programa con los participantes. Es durante esta fase donde las necesidades de los objetivos de conservación son contrastadas con las necesidades de los participantes potenciales. Utilizando esta metodología, se puede crear programas que contengan los elementos no económicos además de los niveles de pago que atraigan a la gente a participar en el programa. Esto crea un factor de arrastre por que el los individuos son atraidos hacia el programa porque tiene un sentido cultural y porque se ajusta con sus valores.

Los programas basados en el pago a propiertarios del terreno con el objetivo de conseguir resultados para la conservación se están convirtiendo en la nueva norma. El principio es intuitivo: pagar a los propietarios aumenta la participación en la protección de la biodiversidad porque aumenta el beneficio por hacerlo. Esto quiere decir que el dinero motiva. Pero el dinero no lo es todo para todo el mundo. Conprender cuáles son las otras fuentes de valor colocando las necesidades de participantes potenciales al frente del programa puede conducir a un incremento de la participación y a una mayor número de mayordomos del medioambiente.

Sorice, M.G., and C.J. Donlan. 2015. A human-centered framework for innovation in conservation incentive programs. Ambio 35:289–298.